“El Negro Cordobés y el Código de Faltas”


El sociólogo francés Loïc Wacquant utiliza una distinción para describir el sistema penal norteamericano, país con la tasa de encarcelamiento más grande del mundo: no existe un encarcelamiento masivo según Wacquant, sino un hiper-encarcelamiento selectivo. Enrejar masivamente implicaría que todas las clases sociales se encuentren representadas en las prisiones, pero sin embargo en EE.UU hay una sobrerepresentación de la población afrodescendiente en primer término y latina en segundo lugar. Además de ser no-blanco, la mayoría de los detenidos en Estados Unidos son pobres.

Esta diferenciación nos es útil para explicar el sistema contravencional cordobés. Pese a la extensión que desde hace diez años viene sufriendo, al aumento exagerado de la cantidad de detenidos, no están representadas todas las capas sociales en las prisiones contravencionales. Hay una sobredimensión de un sector social por sobre otro.

Sin embargo, a diferencia de Estado Unidos, no es la población afrodescendiente la principal destinataria de las políticas de seguridad. Por distintos procesos históricos, cuya explicación excede estas palabras, dicha población fue eliminada e invisibilizada.

El objeto de las políticas securitarias o materia prima policial es el negro cordobés. Una combinación de variables socio-culturales y económicas son las que le dan forma a este sujeto, nuevo enemigo construido desde el discurso hegemónico como portador de todos los males y, a su vez, con los pasaportes erróneos para circular libremente por los espacios públicos.

En primer lugar este sujeto es construido desde una variable clasista: es pobre. Pero no es cualquier pobre, es el pobre que nos dejó el neoliberalismo. A diferencia del sujeto racializado de hace 60 años, que era el “cabecita negra”, un sujeto pobre pero proletarizado – generalmente migrante del campo a los grandes centros urbanos – el negro cordobés es un pobre des-proletarizado, beneficiario, en el mejor de los casos, de los planes sociales. Es un pobre que no encuentra lugar en un mercado de trabajo altamente tecnificado.

En segundo término, el negro cordobés es, a la vez que pobre, portador del estigma de una Argentina mestiza. Es un no blanco, cuyos antepasados no descendieron directamente de los barcos. Es morocho, ocultada la pigmentación de su piel en un relato hegemónico que borró de la historia oficial toda huella precolombina de la composición poblacional, como si la historia argentina comenzara con las inmigraciones europeas y se hubiera estancado allí.

En tercer lugar, el negro cordobés es a su vez portador de una cultura barrial identificada con el cuarteto. Formas de vestirse, cortarse el pelo, zapatillas, gorra y partícipe de un género musical que no sólo se escucha, sino que principalmente se baila. Música al que los sectores burgueses e ilustrados de Córdoba procuran ubicarse a una distancia prudencial con el objetivo de distinguirse de lo que, para ellos, es un género musical sin valor artístico y propio del (mal) gusto de los sectores populares.

El negro cordobés a su vez, es joven, condensando en su energía juvenil todos los atributos de la peligrosidad.

Como pobre, es presa fácil de las políticas sociales discriminatorias socioespacialmente. Fue trasladado desde las villas urbanas a las periferias de la ciudad y recluido en las Ciudades Barrios.

Entonces, el sistema contravencional se caracteriza por el hiper-encarcelamiento selectivo del negro cordobés.

Esta construcción racial, que prescinde del negro afrodescendiente por un negro cordobés – condensada dicha sustitución en la frase popular “yo no discrimino al negro de piel sino al de alma” – es, ante todo, social. No se es menos racista por discriminar al negro “de alma” en vez de al “negro de piel”. Lo que intentamos mostrar es la ampliación del espectro del racismo. Ya no son sólo los atributos físicos el criterio de identificación del negro. Sino, como dijéramos más arriba, una combinación entre éstos y elementos sociales y culturales.

¿Qué rol juega entonces el Código de Faltas? Pues si el racismo es social, el Código de Faltas es la cristalización estatal del odio racial. Ningún otro elemento que el racismo es el criterio para distinguir un ciudadano que pasea de un merodeador sospechoso. Uno parece merecer la protección del Estado. El otro su rigor a través de la cárcel.

Que el proyecto que el gobernador presentó en la legislatura cambie el merodeo y exija ahora una denuncia previa, no hace sino cambiar el sujeto que ejercerá el racismo. Si antes lo hacía directamente la policía, ahora será la ciudadanía quién deba diferenciar un ciudadano de un negro cordobés, quién parece ser no-ciudadano, pues no tendrá derecho ni a abogado defensor.

Desde un plano micro parece que el problema es el Código de Faltas. Pero con un poco de perspectiva, parece que el problema son las prácticas sociales fundadas en el racismo, que son, al fin de cuentas, las que terminan legitimando a un instrumento jurídico que es una vergüenza de la democracia.

Se ha habla mucho, con razón, de la necesidad de democratizar las instituciones del Estado como la Justicia o la policía. Eso parece ser un debate urgente, pero sólo un peldaño más que nos acerque a una discusión más profunda: la democratización de la sociedad.

De Lucas Crisafulli

Fuente: http://www.cba24n.com.ar/content/el-negro-cordobes-y-el-codigo-de-faltas?tipo=columna

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